El fanático
El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se parezca, a la navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotados por la furia sin tregua.
El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y contundentes y ya por el camino viene armando mucho ruido y micho lío. Nunca viene solo. Metido en la barra brava. Peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo al miedoso.
La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseos, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar. En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El bien no es violento, pero el mal lo obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También está dentro del espectador callado, que en cualquier momento puede llegar a opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su merecido.
El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá , en la costa de Colombia , pudo subir al alto cielo.
A la vuelta,contó.Dijo que había contemplado, desde aya arriba, la vida humana.
Y dijo que somos un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con su luz propia entre todos los demás.
No hay dos fueguitos iguales, hay fueguitos grandes y fueguitos chicos y fueguitos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento y gente del fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se pueden mirarlos, sin parpadear, y quien se acerca, se encienden.
Seguridad ciudadana
Si no fuera por las muchas ropas que llevaba puestas, doña Gertrudis no haría sombra en el suelo; y los vientos del invierno la volarían por los aires. Pero ella caminaba por las calles de Montevideo, encorvada como un signo de interrogación, y solita se las arregla para hacer sus cosas y seguir viviendo.
Un día de estos, cuando fue a cobrar su jubilación, sufrió un contra tiempo. Tiempo de destiempos, el peligro acecha en cada esquina; doña Gertrudis no anda desarmada. Ella llevaba siempre una tijera escondida en la cartera.
Iba sentada en el ómnibus. Miró la hora: le faltaba el reloj.
Sin vacilar, clavó la tijera en la barriga del joven sinvergüenza que iba sentado a su lado:
- El reloj - dijo Gertrudis.
El muchacho tartamudeó:
- ¿Cómo dice, señora?
- El reloj - exigió ella, y la tijera pinchó.
El muchacho le dejó el reloj y de un salto bajó de ómnibus. Con el reloj apretado en el puño y el corazón alborotado, doña Gertrudis llegó a su casa. Se hundió en el único sillón y hablando sola se quedó un buen rato sentada, que se habrán creído, que se van abusar porque una es vieja.
Cuando abrió la mano, vio que aquel reloj era un reloj de hombre. Se levantó, buscó. El reloj suyo estaba en la repisa.
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